martes, 26 de julio de 2011

Facundo Cabral: el trashumante

No era de aquí, ni era de allá; pero era de todos nosotros. De todos los que admirábamos su cantar. Hace unos días lo mataron. Ocho tiros acribillaron su cuerpo, ocho tiros decidieron el fin de su historia. Tenía 74 años, estaba casi ciego y se reconocía hermano aún de aquellos que le asesinaron.

Curiosamente la canción que le diera fama universal, nació aquí, en Uruguay. Fue un rapto de inspiración que le ayudó a pelearle las batallas al hambre. Se hizo trovador para ganarle a la miseria, pero se volvió un cantor del pueblo porque sus canciones llegaron al corazón de la gente.

Un día conoció a Dios y nació de nuevo. Su segundo nacimiento no fue como el primero. Dejó atrás sus muchas muertes, sus odios y sus rencores, olvidó el dolor y se hizo a sí mismo un hombre nuevo. La vida quiso que después de su última presentación, estuviese mal acompañado y en el lugar equivocado. En mala hora decidió pasar por allí, él que tan solo buscaba el amor, y en el amor: la paz.

Su muerte ha sido injusta e inmerecida, repudiable e indigna; pero no me afilio al vano discurso de la respetable Nobel Rigoberta Menchú, que proclamó a los cuatro vientos que a Cabral le habían asesinado los sicarios del capitalismo para silenciar su canto. Creo que le mataron, justamente por desconocer quien era. Las balas eran para otro, pero él estaba en medio. Fue el azar y las malas compañías quienes le asestaron este duro golpe.

Por supuesto que sería más sencillo declarar que el poder económico está detras de todo esto. Es bien sabido que hay quien le gusta intervenir en los paises de Medio Oriente por el bien de la paz (casualmente siempre en los paises ricos en petróleo); pero cuando se trata de América Latina y los problemas del narcotráfico, o cuando se trata de presidentes derrocados con vileza, sorprendentemente decide abstenerse de toda intrusión y mantenerse en una posición neutral, para respetar la "soberanía de los pueblos".

Sé que a muchos intelectuales de izquierda les resultará más lógico añadirle manchas al tigre, pero decir que a Facundo lo mataron por ser Cabral es una deshonestidad intelectual.

Lo lamentable, más allá de la indigna muerte que tuvo Cabral, es que ni siquiera servirá para cambiar algo de lo que sufre-sangra nuéstra América toda. En paises hermosos como Mexico, parece cosa habitual que los narcos, en venganza, decapiten a sus enemigos (sin distinción de sexos) y los exhiban como escarmiento. Otro tanto sucede en El Salvador, Guatemala, Honduras o Colombia, donde dicho sea de paso, la guerrilla ha polarizado al país. Todos sabemos lo que ocurre en Brasil y Argentina, donde la inseguridad se palpa a flor de piel. Incluso en Uruguay, que es de América uno de los tres paises más seguros del mundo, el tema de la inseguridad es un gravísimo problema a resolver. ¿Pero es casualidad todo esto? Por supuesto que no.

Cuando Castillo Armas mandaba los aviones P-47, a acabar con los insurgentes para así custodiar las tierras de la United Fruit, la historia de esta realidad ya estaba escrita. Cuando los escuadrones de la muerte apilaban cadáveres junto al río Montagua, ya el final estaba pactado. Cuando a los indígenas, campesinos y obreros se les cortaba la mano izquierda, ya se estaba decidiendo el epílogo de este cuento. No puede, no, no debe sorprendernos así, que en medio siglo, pocas cosas hayan cambiado realmente en Guatemala.

Ni Guatemala ni Facundo Cabral se merecían este adios. Luchemos para que la memoria no olvide, y las pocas voces que han sonado, se sigan escuchando. Gritemos un fuerte, fuertísimo, grandísimo basta y nunca más.No más asesinatos en América Latina.

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