lunes, 7 de marzo de 2011

Un monstruo azul venido del cielo (extracto)


En el reloj de la pared, escondido, vive un cuchillo que desgarra el tiempo. Lo cercena minuto a minuto, segundo a segundo. El reloj es de sombra y también es de sangre. De sangrantes minutos, perdidos en el vacío de la nada. Yuri Kanemitsu alza los ojos, verifica los segundos que se escapan por el péndulo en la pared. Tac, tac, tac, dice la voz del reloj. Yuri ha vuelto a cerrar los ojos. La estadística dice que es seis de agosto de mil novecientos cuarenta y cinco. Después lo dirá la historia. El reloj dice ocho y diez de la mañana, pero Yuri no le cree. Prefiere seguir andando el sueño. Tac, tac, tac los minutos le sangran al reloj, los segundos se le agotan. Cada hora tiene su sombra, y detrás de cada sombra acecha la muerte. Tac, tac, tac, dice el reloj, sigue diciendo. Pero Yuri no quiere escucharle. Se da vuelta en la cama y suspira, para retomar un poco de la magia del letargo. Tac, tac, tac…


Tahori Yamimoto va calle arriba, rumbo al taller, en su destartalada bicicleta. Se siente feliz y por eso su cara se sonríe. La espalda se le humedece y él sigue pedaleando, mientras observa. Todos los rostros le parecen familiares, y por vana pretensión, cree que son todos tan felices como él. Ayer le ha pedido a Kazuko que sea su esposa, y esta ha aceptado. Tahori siente que el día, le ha concedido un instante de luz, reflejo de lo que ocurre en su alma. A la altura del colegio Nagatsuka, comienza a sonar la sirena que previene de los ataques aéreos. Tahori redobla el esfuerzo pedaleando más rápido. Ya no ve los rostros, solo mira el camino delante que se alarga. En el camino está el terror. En los huesos y en sus entrañas, está el terror. Piensa en Kazuko. Sin saber por qué, levanta la cabeza. Con ojos pálidos de espanto, lo ve. Un avión nada entre las nubes. Sabe que es un bombardero. De pronto tiene la boca reseca. Traga saliva para quitarse el amargor de la garganta. Tiene un mal presentimiento. Esta vez la amenaza parece real. Sigue pedaleando.

A eso de las dos menos veinte de la mañana, el piloto Robert Claude Eatherly, partió a bordo del B-29 de reconocimiento, “Escalera de color”. Casi una hora antes de que lo hiciera el Enola Gay. Su objetivo era estudiar las condiciones climáticas, y elegir el punto donde arrojar la bomba. Poco después de las siete de la mañana, el sistema de radares de Japón, alertó de la presencia de aviones norteamericanos. El hombre que pilotaba el Escalera de color, notó con aprobación las escasas nubes, el cielo límpido sobre un país de miradas oblicuas. El sol ardía brillante, sin más alternativa que esa. Eatherly repasó la geografía del lugar, hasta que dio con un punto apropiado, desnudo de nubes. Un puente. Dio aviso por radio, proporcionando las coordenadas. Una voz en su cabeza, le dijo que aquello no estaba bien. Trató de ahuyentarla convenciéndose de las vidas que se iban a salvar, con el final de la guerra. No fue suficiente. Aquello no estaba bien. Prosiguió su rumbo, viendo, sin ver, oyendo, sin oír. Y el reloj tac, tac, tac…

El Coronel Paul Tibbets, a bordo de un B-29 perteneciente al escuadrón de bombardeo
393d, despegó desde la base aérea de North Field, en Tinian. Enola Gay llamó a la nave, en honor a su madre, y pintó su nombre en la parte delantera del avión. El coronel Tibbets ha formado parte, desde sus inicios, del “gran secreto” del Proyecto Manhattan. La solución nuclear, para acabar a los enemigos de un tirón. Hombre disciplinado y curtido en los rigores de la guerra, sabe que esta es la misión más importante de su carrera. La noche anterior, los muchachos y él han estado jugando Póker. No tiene demonios que derribar, como Eatherly. Él sólo cumple órdenes y siente que debe hacerlo, por los que se han ido, por los que vendrán. Proporcionar un mal menor, para evitar un mal mayor. Se sabe al borde de la historia, y hacia ella marcha presto. El espíritu en el Enola Gay, es de tensa calma mientras los hombres están llegando a su destino. Luego de recibir las coordenadas, lo disponen todo para soltar sobre Hiroshima, el Little Boy, curioso sofisma con el cual bautizaron a la bomba. A las ocho quince de la mañana, lo lanzan. Tac, tac, tac…

Cincuenta y cinco segundos. Menos de un minuto le llevó a “Niñito”, alcanzar la altura exacta para impactar, a poco menos de seiscientos metros sobre la ciudad. Por culpa de los vientos, no acertó el blanco que se había dispuesto: el puente Aioi; sino que cayó sobre la clínica quirúrgica de Shima. Su explosión fue el equivalente a trece kilotones de TNT, incendiando el aire a una temperatura por encima de un millón de grados centígrados.


Yuri Kanemitsu no supo lo que ocurrió. Apenas alcanzó a vislumbrar una luz cegadora que se colaba por la ventana. Los cristales estallaron en pedazos y la casa entera se derrumbó. Era una luz azul que quemaba todo a su paso. Todo lo que estaba vivo, en un segundo estuvo muerto. Yuri logró abrirse paso entre los escombros. No podía ver nada porque el hongo que produjo la bomba, lo había oscurecido todo como noche cerrada. Cuando pudo empezar a ver, sintió desolación. Giraba sobre sí misma y todo lo que alcanzaba a ver eran las ruinas de las casas y edificios, y los muertos y los heridos. A sus quince años, había pasado a ser una Hibakusha (sobreviviente) y aún no lo sabía.

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