domingo, 20 de febrero de 2011

La bella



Era diminuta y leve. No obstante, bellísima. Trajinaba indiferente, bebiendo una gaseosa. Pretendía, supongo, consolarse de la reverberación del sol de febrero. Mis cansados zapatos corrían desesperados. Debía reunirme con un cliente en el hotel Belmont. Un recibo me había demorado. Aún luego, debía recorrer un par de juzgados, volver a casa, terminar un escrito y preparar una audiencia. Venía con tanto ruido interior, que la aparición me dejó sin aliento. Fue una revelación inesperada. Sospecho que alguien me había reservado esa magia. –Dios existe… –me sonreí. La vi alejarse entre sombras, desterrándome al inexorable olvido. Me acomodé en un banquillo a poner en orden el alma. Desganado, cumplí mi pacto.
-¿Por qué tardó tanto, Doctor? –escuché al llegar. Cuando volteé para enfrentar la voz, el corazón me dio un brinco. Era la bella. Apenas si alcancé a estrechar su mano y balbucearle –usted no me creería si le cuento.

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