domingo, 15 de noviembre de 2009

Maradona, crònica de una ofensa




Habla, habla mucho. Tiene esa mala costumbre. Y la opinión más extendida es que lo hace para expresar pensamientos. Pero nadie puede negarle que dice como piensa. Hablar hablando, Maradona es la medida de la desmedida. No conoce límites ni fronteras para su boca. Al fin y al cabo, es sólo una extensión de su cuerpo, y está tan ligada a él como su mágica pierna izquierda.
Ningún hombre puede escapar a su propia sombra. Y la de Diego Armando pesa, lo persigue, le exige, lo señala con el dedo. No puede equivocarse, mentirse le duele, callarse no sabe. Así es el Diego de la gente, se le ama o se le odia. No hay términos medios. Es incomparable y genuino. Un auténtico petiso irreverente que sólo teme al olvido y al desamor de los que alguna vez lo convirtieron en ídolo.

Como en tantas otras ocasiones, el mundo alzó su voz una vez más, porque el “astro argentino”, como gustan decir algunos, se pronunció en forma agraviante. Como una gigantesca ola, el rumor viajó por América y Europa. Dios había hablado, pero curiosamente, el milagro no se había producido en términos bíblicos. Y claro, después de tanto y tanto, la gente ha comprendido al fin que el que habla no es Dios, sino un hombre de carne y hueso. Mortal, peleón, partisano y sensiblero. Y ahora todos acusan el engaño. ¡Qué nos devuelvan la plata! Grita la gente. ¡Vinimos a ver a Dios! Aúllan sus voces. Mientras otros se lamentan diciendo: borra con sus dichos, lo que ha escrito con sus pies.
Como a un niño pequeño, muchos quisieran inculcarle: que eso no se dice, que eso no se toca, ¡es caca, nene! En algo tienen razón, se trata evidentemente de un niño grande. Un niño al que le sobra rebelión pero le falta alegría; un niño que dice lo que piensa, sin pensar en lo que dice. Un niño que anda triste, porque le han quitado su juguete más querido: la pelota.

Cabría preguntarse entonces, ¿quién inventó a Maradona? ¿Quién le dijo, a partir de esta hora serás nuestro Dios supremo? ¿No habrá acaso entre sus verdugos, alguno que le ayudó a nacer? ¿Qué hay de aquellos que ayer lo ensalzaban? ¿Dónde han ido a parar? Dios al fin, pero Dios de barro. Ayer, cuando las cosas andaban mal, todos le pedían al peluca que los sacara del pantano. Hoy han reconocido con espanto, que en ocasiones, hasta a Dios le cuesta hacer su trabajo. Y no se lo perdonan. ¡Dios es Dios! dicen, aunque sea petiso y tenga panza.
Al otro ídolo, el mundo le perdona hasta que sea negro. Porque el otro calla, y porque ha sabido jugar a la perfección su papel de ejemplo arquetípico, en el imperio capitalista de la FIFA. Pero el petiso olvida que callarse es un derecho, una opción. No ha aprendido la buena lección que le han querido impartir los que detentan el poder. Porque nadie se ha tomado el trabajo de explicarle, que los ídolos saben bien si están callados, y mejor aún si están muertos y lejanos. Por eso, Gardel, el Che y tantos otros perduran, porque tienen eso, son silenciosos y apenas si nos vigilan desde un retrato, o flamean desde una desgastada bandera. Lamentablemente nadie le enseñó a leer la letra pequeña del contrato: serás nuestro Dios, pero tendrás miles de jueces vigilando a tu sombra.

Embriagado de él mismo, erra por la vida, penando por ser quien es. Ya no se escuchan los cantos de sirena del 86, y la vida lo golpea y lo golpea constantemente, con tal de devolverlo a la realidad. Enfermo de soledad, con el cielo de un memorable pasado a cuestas, transita sin saber dónde va. Ignora que la experiencia no la otorgan los años, sino lo que se ha vivido. ¡Y vaya que él ha vivido bastante!
Este niño grande, al que muchos anuncian o desean su muerte, física o metafórica, tiene la virtud de seguir siendo noticia, a pesar de la distancia con la gloria. Su fama es un monstruo terrible al que no puede eludir ni doblegar. No puede dejar de ser quien es, incluso cuando cesan los flashes y las cámaras se apagan. Porque Maradona nunca se apaga, porque el duende juguetón que vive en él, no cesa nunca de volar y de decir las cosas como mejor sabe.

Asombra la premura y la diligencia que se toman algunos, en crucificar al crucificado. Pero no deja de ser un acto demagógico y plagado de hipocresía. Los mismos que se asustan con sus frases y diatribas, son los que celebran en una especie de morbo lúdico o masturbación mental, el baile del caño, los chimentos de Rial, o los chistes de Corona. La incultura habla de cultura, la estupidez humana pretende enseñarnos a hablar. No se dan cuenta que el problema no es el capitán, sino el barco, que está cada vez más podrido y hace aguas por todos lados. Pero matarlo a Maradona es sencillo, y necesario. Basta con levantar un poco la voz, para encontrar eco en los demás. En aquellos que no le perdonan su condición terrestre, su figura de hombre común y silvestre. Es mejor acusarlo con el dedo en alto, que mirarnos en el espejo. Si hasta parece una burla. ¿Cómo va a tener yerros y desaciertos, si él es Dios? ¿Cómo va a llorar o reír, amar, odiar, enojarse, alegrarse, maldecir, reprochar cuál si fuese un hombre vulgar y corriente? Él no puede equivocarse, no debe, para eso es Dios. Por eso, matarlo resulta lo más simple. Achacarle toda responsabilidad, toda la podredumbre; destruirlo incluso destruido. Porque él es un blanco fácil, porque ya no puede hacerle goles a la memoria y porque además, ¿quién se acuerda del mundial del 86?

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