domingo, 15 de noviembre de 2009

Necrologìa de la locura (de Feldman a Batlle) en dos simples actos




















Acto primero: Retrato de un inmolado
Yo vi los ojos de la muerte, y la muerte me miró, conversó conmigo. Yo vi sus ojos, ahora lo recuerdo bien. Fue hace unos veranos, en un asado al que asistí instado por una amiga. Allí tuve la ocasión de conocer al muerto. No imaginaba, en el momento aquel, que estaba frente a un futuro inmolado. A mis 34 años, esa misteriosa desconocida que todos temen, que nadie elude y que decide el final de nuestras vidas, todavía me parece lejana y distante, aunque día a día conviva con ella. Quién iba a decirme que el hombre aquel, sería el infeliz poseedor de un gran arsenal de armas de distinto calibre, ni que unos años después, este buen señor se transformaría en el eje del mal blandiendo una pistola homicida, asesinando a un joven policía y atrincherándose en su hogar, sólo para salir de allí unas horas después, con los pies hacia delante. Para mí, y para todos los que departíamos en un clima de camaradería en dicha ocasión, aquel hombre simplemente era: Saúl.
Soy escritor, y todo lo demás que también soy –al menos en lo profesional- viene en segundo lugar. Supongo que por ese oficio de construir mundos, de edificar universos con palabras, suelo prestar mucha atención a la realidad que me rodea. Por las grietas de la memoria, suelen colarse voces y palabras, que luego terminan cobrando vida en historias y protagonistas. Aquella fortuita noche conocí a un hombre extraño, incomprensible, impensadamente malo. Pocas cosas supe de él, y esos fragmentos no alcanzan para construir el personaje en mi mente, pero aún así, estuve bastante más cerca que muchos de los que ahora salen a bolacear.
Era moishe, se sabe. Un hombre solo, al que no se le conocía mujer. Con siete perros que olían mal y un coche viejo que olía como sus perros. De hablar afectado y sereno, casi mujeril. Dialogando con él, uno tenía la impresión de estar frente a un hombre bueno, pero raro, muy raro. Tuvo algunos comentarios infelices, xenófobos y fascistas, como la defensa de la pena de muerte para acabar con la delincuencia, la batalla que según él debíamos entablar contra los pichis, o la aseveración de que había que prepararse contra la invasión comunista. Alguien le refutó que la opción eran las urnas, no la lucha armada, a lo que él respondió enigmáticamente: yo me estoy preparando. Recuerdo que pensé, a éste lo van a matar. Si se creía las cosas que decía o no, lo ignoro. Tal vez sólo se divertía en dilatar nuestros pánfilos ojos, que lo contemplaban en silencio. No obstante, sería arriesgado afirmar que era posible presagiar lo que sobrevendría después. Aquellos dichos me parecieron propios de un alma perturbada, y no les di mayor trascendencia. De hecho, esa fue la última vez que supimos algo de él. Pasaron varios años sin noticias, hasta que su hazaña explotó en los medios.
No pretendo, al contar esto, darme un baño de fama, ni hacer mercancía de la historia. Tan sólo otorgar una visión, rescatar de las telarañas del tiempo un recuerdo. No más que eso. La historia es, simplemente, una refundación de la memoria, cómo se recuerda o cómo se piensa que fue. La verdad está escondida en desolados pastizales, y no seré yo quien detenga el lento trajinar de la justicia.



Acto segundo: los cuentos del abuelo Jorgito
Pocos saben que existo, es cierto. Mi obra es más conocida en la Argentina y en España, que en el Uruguay. En eso, el doctor Batlle me lleva mucha ventaja, pues todos saben quién es él. Claro que la mayoría lo recuerda por su deplorable gestión, en la que las inversiones extranjeras, en lugar de contribuir al desarrollo del país, sirvieron sobre todo para multiplicar la corrupción, enriquecer más a los ricos y empobrecer más a los pobres. Visto de esa manera, es preferible el olvido, don Jorge; usted jodió a los uruguayos, yo no.
Ahora usted está angustiado, y no es para menos. Cada vez parece más lejana la posibilidad de recuperar la otrora satrapía rosada. Ante esa evidencia, es menester apelar a todo. Cualquier recurso se torna necesario, imperante, plagado de urgencias. Basta que alguien ose estornudar, para que de inmediato se ponga en funcionamiento toda la pesada maquinaria que propaga el terror, y se rasguen las vestiduras en cámara, o soliciten interpelar a alguien, aunque sea el hijo del vecino y la única excusa sea que éste no tenía las vacunas al día. En la procaz elucubración de don Jorge Batlle, está instalado el concepto de que si no existe modo alguno de comprobar que algo no es, entonces es. No importa si se carece de pruebas para afirmar tal o cual cosa, lo importante es generar dudas, revolver un poco las aguas, para ver si se consigue el tan mentado anhelo de que un ex guerrillero con voluntad de pueblo no acceda a la presidencia. Para el doctor Batlle, la única persona capaz de albergar un arsenal de las características del que poseía Feldman, es don Julio Marenales, pues en su lógica del delirio, los únicos que poseían y poseen armas en el Uruguay son y serán los tupas. Cabe preguntarse aquí si los uniformados de ayer y hoy sólo se arman de buenas costumbres y balas de cartón, y si ante la mínima expresión de amenaza que ponga en riesgo la seguridad, simplemente sacan a relucir un: ¡tese quieto m’hijo!

Oponerse a la realidad, aventurarse a suplantarla por la ficción o la entelequia, inventar otro lenguaje asumiendo que se trata de una verdad distinta, afirmar un argumento apoyado en disquisiciones teóricas y subjetivas, para tratar así de orientar la conducta de las masas, es a todas luces lo único que les queda a los que han perdido algo más que su dignidad. Poco importa para estos iluminados desbordar los confines de lo individual; sólo se trata de contaminar lo colectivo, lo social, reemplazarlo por la confusión, generar incertidumbre, desasosiego. En matar la esperanza se funda la esperanza de estos sacros señores. Venden mentiras a precios módicos, para comprar lo que tan caro nos es a los uruguayos: la libertad, la memoria y la verdad.
Esa inutilidad perniciosa que lo envuelve, doctor Batlle, también lo impele a la inercia. Pero es justo esta actitud inerte y esa vocación de servidumbre que le llevan a plantear ideas estrafalarias, intentando de cualquier manera frenar lo irrefrenable. Cinco años más de gobierno progresista se le tornan un desmedido escarmiento a su malograda y senil ancianidad. De nada sirven los escrúpulos en la siembra del desaliento. Con ojos desencajados pretende morder hasta el último resquicio, con tal de no abandonar el barco que ha contribuido a hundir. Por eso pregunta, declara, afirma desde su retórica del desprecio.

Si de preguntar se trata, como ciudadano uruguayo que soy, lo emplazo, doctor Jorge Batlle, a que me responda cuál fue su implicancia en la desaparición del pato celeste. O que me explique por qué le dieron el Premio Nobel a Obama, si aún no ha hecho nada por la paz. Que me diga también, ya que estamos, por qué si vivimos en Uruguay, tenemos que soportar a los pastores brasileños currando con la fe. Además quiero que me responda, a qué se dedicará García Pintos ahora que no tiene banca; por qué cada vez que muere un famoso, a los pocos días muere otro, o si definitivamente seremos invadidos por los extraterrestres; si Peñarol saldrá campeón, si es un buen momento para plantar hortalizas, si dos por tres llueve, si existe el terrible hombre de las nieves, si la pequeña Lulú era pequeña de verdad, o si se sabe algo del paradero del abuelito de Heidi.

En lugar de plantearse absurdos, propios de una mente alienada o de un abuelito gagá, en lugar de citar supersticiones y caza de brujas, señalar pecados ajenos y blasfemias advenedizas, debería mostrar algo de vergüenza, usted que tuvo tanto que ver en el apremio económico de miles de uruguayos, entre los que hubo niños disputándole el pasto a los caballos, y llamarse a silencio de una vez y por todos los días. Usted, el doctor Sanguinetti, el doctor Lacalle y tantos otros oligarcas vernáculos, deberían cejar en el empeño de apesadumbrarle la vida a la gente, don Jorge. Deberían colgar un cartel a las puertas de sus vidas políticas, que rezara: cerrado por duelo, o cambio de firma, o liquidación por cierre definitivo. Deberían hacerlo y volverse a sus casas a cultivar su jardín de pasadas alegrías. No los redimirá de todo el mal que le han hecho al país, pero algo es algo. Créame doctor, la gente no los necesita, y a usted, menos. Olvídese del tremedal del mundo político -su señora madre se lo dijo hace tiempo-, esto no es para usted. La alegría es nuestra, doctor, y defenderemos el derecho a alzarla como un estandarte de luz, como una canción que merece ser cantada a corazón abierto. Quédense ustedes con los cucos y los miedos, déjennos a nosotros creer en que otro mañana es posible. La esperanza es hermana de la alegría, por eso, contra los negros vaticinios, contra los espantos y las alarmas, nosotros preferimos defender-creer en la primavera. Sostener los sueños de todos, celebrar la vida, marchar juntos hacia un país más justo y equitativo de pan y trabajo. El país que no le gusta a los que, como usted, decretaron la impunidad de la tortura y la miseria. El país que no les conviene a los catecúmenos del pensamiento neoliberal. Para terminar, permítame recordarle lo que grita el pájaro de la garganta del pueblo: ya estamos grandecitos, don Jorge, no nos chupamos el dedo; y créame, hace tiempo tenemos claro que las brujas y el cuco no existen.

Maradona, crònica de una ofensa




Habla, habla mucho. Tiene esa mala costumbre. Y la opinión más extendida es que lo hace para expresar pensamientos. Pero nadie puede negarle que dice como piensa. Hablar hablando, Maradona es la medida de la desmedida. No conoce límites ni fronteras para su boca. Al fin y al cabo, es sólo una extensión de su cuerpo, y está tan ligada a él como su mágica pierna izquierda.
Ningún hombre puede escapar a su propia sombra. Y la de Diego Armando pesa, lo persigue, le exige, lo señala con el dedo. No puede equivocarse, mentirse le duele, callarse no sabe. Así es el Diego de la gente, se le ama o se le odia. No hay términos medios. Es incomparable y genuino. Un auténtico petiso irreverente que sólo teme al olvido y al desamor de los que alguna vez lo convirtieron en ídolo.

Como en tantas otras ocasiones, el mundo alzó su voz una vez más, porque el “astro argentino”, como gustan decir algunos, se pronunció en forma agraviante. Como una gigantesca ola, el rumor viajó por América y Europa. Dios había hablado, pero curiosamente, el milagro no se había producido en términos bíblicos. Y claro, después de tanto y tanto, la gente ha comprendido al fin que el que habla no es Dios, sino un hombre de carne y hueso. Mortal, peleón, partisano y sensiblero. Y ahora todos acusan el engaño. ¡Qué nos devuelvan la plata! Grita la gente. ¡Vinimos a ver a Dios! Aúllan sus voces. Mientras otros se lamentan diciendo: borra con sus dichos, lo que ha escrito con sus pies.
Como a un niño pequeño, muchos quisieran inculcarle: que eso no se dice, que eso no se toca, ¡es caca, nene! En algo tienen razón, se trata evidentemente de un niño grande. Un niño al que le sobra rebelión pero le falta alegría; un niño que dice lo que piensa, sin pensar en lo que dice. Un niño que anda triste, porque le han quitado su juguete más querido: la pelota.

Cabría preguntarse entonces, ¿quién inventó a Maradona? ¿Quién le dijo, a partir de esta hora serás nuestro Dios supremo? ¿No habrá acaso entre sus verdugos, alguno que le ayudó a nacer? ¿Qué hay de aquellos que ayer lo ensalzaban? ¿Dónde han ido a parar? Dios al fin, pero Dios de barro. Ayer, cuando las cosas andaban mal, todos le pedían al peluca que los sacara del pantano. Hoy han reconocido con espanto, que en ocasiones, hasta a Dios le cuesta hacer su trabajo. Y no se lo perdonan. ¡Dios es Dios! dicen, aunque sea petiso y tenga panza.
Al otro ídolo, el mundo le perdona hasta que sea negro. Porque el otro calla, y porque ha sabido jugar a la perfección su papel de ejemplo arquetípico, en el imperio capitalista de la FIFA. Pero el petiso olvida que callarse es un derecho, una opción. No ha aprendido la buena lección que le han querido impartir los que detentan el poder. Porque nadie se ha tomado el trabajo de explicarle, que los ídolos saben bien si están callados, y mejor aún si están muertos y lejanos. Por eso, Gardel, el Che y tantos otros perduran, porque tienen eso, son silenciosos y apenas si nos vigilan desde un retrato, o flamean desde una desgastada bandera. Lamentablemente nadie le enseñó a leer la letra pequeña del contrato: serás nuestro Dios, pero tendrás miles de jueces vigilando a tu sombra.

Embriagado de él mismo, erra por la vida, penando por ser quien es. Ya no se escuchan los cantos de sirena del 86, y la vida lo golpea y lo golpea constantemente, con tal de devolverlo a la realidad. Enfermo de soledad, con el cielo de un memorable pasado a cuestas, transita sin saber dónde va. Ignora que la experiencia no la otorgan los años, sino lo que se ha vivido. ¡Y vaya que él ha vivido bastante!
Este niño grande, al que muchos anuncian o desean su muerte, física o metafórica, tiene la virtud de seguir siendo noticia, a pesar de la distancia con la gloria. Su fama es un monstruo terrible al que no puede eludir ni doblegar. No puede dejar de ser quien es, incluso cuando cesan los flashes y las cámaras se apagan. Porque Maradona nunca se apaga, porque el duende juguetón que vive en él, no cesa nunca de volar y de decir las cosas como mejor sabe.

Asombra la premura y la diligencia que se toman algunos, en crucificar al crucificado. Pero no deja de ser un acto demagógico y plagado de hipocresía. Los mismos que se asustan con sus frases y diatribas, son los que celebran en una especie de morbo lúdico o masturbación mental, el baile del caño, los chimentos de Rial, o los chistes de Corona. La incultura habla de cultura, la estupidez humana pretende enseñarnos a hablar. No se dan cuenta que el problema no es el capitán, sino el barco, que está cada vez más podrido y hace aguas por todos lados. Pero matarlo a Maradona es sencillo, y necesario. Basta con levantar un poco la voz, para encontrar eco en los demás. En aquellos que no le perdonan su condición terrestre, su figura de hombre común y silvestre. Es mejor acusarlo con el dedo en alto, que mirarnos en el espejo. Si hasta parece una burla. ¿Cómo va a tener yerros y desaciertos, si él es Dios? ¿Cómo va a llorar o reír, amar, odiar, enojarse, alegrarse, maldecir, reprochar cuál si fuese un hombre vulgar y corriente? Él no puede equivocarse, no debe, para eso es Dios. Por eso, matarlo resulta lo más simple. Achacarle toda responsabilidad, toda la podredumbre; destruirlo incluso destruido. Porque él es un blanco fácil, porque ya no puede hacerle goles a la memoria y porque además, ¿quién se acuerda del mundial del 86?