domingo, 18 de enero de 2009

Nanas de la cebolla, Miguel Hernández


Yo tendría unos quince años, tal vez menos, y por la voz de Joan Manuel Serrat, escuché un hombre que me hablaba de la libertad. Luego supe que aquel hombre, era Miguel Hernandez, poeta de oficio, amante de las palabras y la vida por vocación. Con los años incorporé al maestro Miguel Hernandez a los preferidos, entre mis poetas amados, junto con el bueno de Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Mario Benedetti, Antonio Machado, Federico García Lorca o José Pedroni.
Son muchos los poemas que me gustan de Hernandez, pero este fue el primero que me hizo emocionar, y el que aún me hace llorar, tal vez porque soy padre y a mi manera entiendo su dolor de hombre al escribir estos versos. El poeta era prisionero del franquismo más retrógado y reaccionario, y recibió una carta de su esposa en la que decía, que solo tenía pan y cebollas para alimentarse. Este poema es la muestra clara de como las espinas dejan paso a la flor, cuando el amor habla por boca de un poeta. Les dejo también la versión primera de Serrat, cantando estos versos tristes y hermosos. La melodía es del inefable cantautor argentino, Alberto Cortez.


Nanas de la cebolla

La cebolla es escarcha cerrada y pobre.

Escarcha de tus días y de mis noches.

Hambre y cebolla, hielo negro y escarcha

grande y redonda.

En la cuna del hambre mi niño estaba.

Con sangre de cebolla se amamantaba.

Pero tu sangre, escarchada de azúcar,

cebolla y hambre. .

Una mujer morena resuelta en luna

se derrama hilo a hilo sobre la cuna.

Ríete, niño, que te traigo la luna

cuando es preciso. .

Alondra de mi casa, ríete mucho.

Es tu risa en tus ojos la luz del mundo.

Ríete tanto que mi alma al oírte

bata el espacio...

Tu risa me hace libre, me pone alas.

Soledades me quita, cárcel me arranca.

Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea...

Es tu risa la espada más victoriosa,

vencedor de las flores y las alondras

Rival del sol.

Porvenir de mis huesos y de mi amor...

La carne aleteante, súbito el párpado,

el vivir como nunca coloreado.

¡Cuánto jilguero se remonta, aletea, desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño: nunca despiertes.

Triste llevo la boca: ríete siempre.

Siempre en la cuna, defendiendo la risa pluma por pluma.

Ser de vuelo tan lato, tan extendido,

que tu carne es el cielo recién nacido.

¡Si yo pudiera remontarme al origen de tu carrera!

Al octavo mes ríes con cinco azahares.

Con cinco diminutas ferocidades.

Con cinco dientes como cinco jazmines adolescentes.

Frontera de los besos serán mañana,

cuando en la dentadura sientas un arma.

Sientas un fuego correr dientes abajo

buscando el centro.

Vuela niño en la doble luna del pecho:

él, triste de cebolla, tú, satisfecho.

No te derrumbes.

No sepas lo que pasa ni lo que ocurre.

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