lunes, 11 de diciembre de 2017

Daniel Viglietti, el último juglar



Fue en el 2002, en un homenaje a Elena Quinteros, que lo vi la primera vez. El PVP (Partido por la Victoria del Pueblo) organizaba el evento en el teatro La gaviota. Fuì invitado, primero por militante del MPP (Movimiento de Participaciòn Popular), y segundo porque habìa compuesto una canciòn para la maestra asesinada por la dictadura. 
No tenìa idea de que Daniel Viglietti iba a ser el nùmero central, y cuando lleguè, ya estaba ensayando y afinando su guitarra. Apenas si intercambiè algún saludo, para luego disponerme a hacer lo propio, y esperar mi turno para trepar al escenario. Esperé en el silencio del respeto y la admiración. 

Podría haberle dicho lo mucho que disfruté aquel espectáculo en la Argentina titulado a dos voces, cuando se presentó junto al maestro Mario Benedetti. O podría haberle confesado, que conocí las canciones de Jorge Salerno gracias a él. Podría incluso haberle hablado de ese acorde maravilloso, con la 9ª aumentada, tan presente y tan característico en muchas de sus canciones. También podría haberle hablado de cuanto disfrutaba de su programa radial: Tímpano. Hasta podría haber mencionado que desde siempre me acompañan sus canciones, y que para mi fue siempre un referente inmenso junto a Zitarrosa y otros...

 Pero no dije nada. Me limité a escucharlo al costado del escenario, y a subir luego de que Hugo Cores concluyera con su semblanza sobre Elena. Entonces canté, con más nervios que vergüenza; y cuando bajé, no lo vi a Daniel, pero me fundí en un abrazo con el flaco Jorge Denevi quién le había gustado mi canción; y le di un beso a esa madre luchadora y digna que era la "Tota Quinteros".

Lo vi a Viglietti en otras ocasiones, cantando en actos del Frente, o allí dónde su canto comprometido y valiente fuese requerido. En ninguna me pude acercar. 

Podría haber conversado con él, el sábado previo a su muerte, en el evento de homenaje a Washington Carrasco en guitarra negra. Pero no fui, y por tanto no pude verle la última vez. Creía que había tiempo para el abrazo mejor. Pero no hubo màs tiempo, y por tanto, tampoco hubo abrazo.

El domingo en la tarde su corazón dijo basta, y partió así sin más. Nos sorprendió a todos. La muerte, ese lugar tan común, casi siempre es una sorpresa; y a veces una tristeza.
Como dijo alguna vez Tabaré Vásquez, ciertos hombres no se sepultan; se siembran. 
Este sembrador de canciones, el último trovador del compromiso social, se ha vuelto palabra en el viento, hojita de un árbol nuevo, grillo de amanecidas, juglar del aire y las nubes.

Gracias eternas Don Daniel Viglietti. La canción no te olvida, ni quiere. Mi alma entera te abraza, ¡compañero!